El campo de asteroides Beltenebros tardó cuatro días en desaparecer de los sensores de Rocinante Estelar, no porque la nave se alejara con particular velocidad —el motor de estribor continuaba en su estado de resignada invalidez, y el motor de babor había decidido solidarizarse reduciendo su rendimiento al sesenta y ocho por ciento, como si hubiera decidido que la derrota de su señor merecía cuando menos un gesto de luto mecánico— sino porque Don Quijote, con una serenidad que en él resultaba más inquietante que cualquier elocuencia, había pedido a Sancho que no pusiera el vector de retorno hasta haber perdido de vista los asteroides.
—Para que quede constancia de que los miro sin miedo —dijo Don Quijote.
Sancho no respondió. Había aprendido, en los meses de companía, cuándo las palabras de su amo requerían respuesta y cuándo requerían silencio, y este era uno de esos segundos casos en que el silencio pesaba más que cualquier refrán que pudiera extraer del arcón poco sistemático de su memoria. Se quedó en el umbral de la cabina con la llave inglesa en la mano, que ya no servía para nada porque el motor de estribor llevaba dos días sin ofrecer siquiera resistencia, y miró a Don Quijote mirar los asteroides, y no dijo nada de lo que pensaba.
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