Era martes y llovía.
Perla lo supo antes de abrir los ojos, por el sonido específico que hacía la lluvia al caer sobre el tejado del ala de servicio: un tamborileo irregular, sincero, que no intentaba ser musical. Hacía treinta y seis años que conocía ese sonido. Lo conocía mejor que la voz de sus propios hermanos, a los que no veía desde que la pobreza de su familia había hecho que la crueldad de los Cienfuegos pareciera, por comparación, una forma de oportunidad.
Se levantó a las cinco, como siempre. Encendió el fogón de la cocina, como siempre. Puso el agua a hervir.
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