El inspector Aurelio Fuentes llegó a Portaverde en el primer tren de la mañana, que entró a la estación envuelto en una niebla tan densa que los pasajeros bajaron al andén como si descendieran al interior de un pulmón. Eran las siete y cuarto. El reloj de la estación marcaba mal la hora desde hacía tres años, y nadie lo había corregido porque en Portaverde la inexactitud del tiempo público se consideraba, si no exactamente una virtud, sí al menos una característica local de la que enorgullecerse con moderación.
Fuentes tenía cuarenta y dos años, una maleta de cuero café con las esquinas reforzadas en metal, y la costumbre profesional de llegar a los sitios antes de que los sitios estuvieran preparados para recibirlo. Era un hombre de estatura mediana y rostro sin rasgos dominantes, lo cual constituía, en su profesión, una ventaja considerable. La gente que no recuerda a quién mira sigue hablando con naturalidad. Fuentes lo sabía y lo cultivaba con la misma atención discreta con que mantenía la maleta: reforzada donde importaba, sin marcas innecesarias.
En el andén, un muchacho de la posada San Crisanto esperaba con un cartel escrito en letra irregular. Fuentes lo siguió hasta la calle sin preguntar nada. Mientras el coche de alquiler avanzaba por las calles de adoquín mojado, él sacó su libreta y anotó la primera observación del día: la niebla en Portaverde huele a cobre y a hojas viejas. Como si el río del que hablan los lugareños efectivamente estuviera roto y sus bordes oxidados.
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