Llevaban ya veinte y tres días en el camino cuando Sancho decidió que era hora de escribir una carta honesta.
Había escrito tres antes, naturalmente. La primera desde el Toboso, antes de que la mujer del pozo los mirara de aquella manera que no era mirar sino reconocer, y que había llenado de noticias tranquilizadoras inventadas casi en su totalidad. La segunda desde un mesón al norte del Guadiana donde el posadero era tuerto del ojo izquierdo y cobraba precio de los dos, carta que había empezado con chistes sobre el posadero y terminado abruptamente porque Alonso había pronunciado en voz baja, sentado a la mesa de al lado, un nombre en un idioma sin bordes reconocibles, y el vaso de barro que Sancho tenía en la mano había vibrado levemente durante un segundo que podría haber sido un carro pasando por el camino exterior si no fuera porque no había ningún camino exterior. La tercera carta había llegado hasta la segunda frase.
Esta, la cuarta, la iba a terminar. Se lo había prometido a Rucio, que era su costumbre cuando se proponía cosas serias.
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