El río llegó antes que el sacerdote.
Sancho lo olió primero —agua con fondo de barro, algo vegetal y lento— y luego lo oyó, un rumor suave entre los cañaverales que bordeaban el camino, y cuando apareció entre los álamos era ancho pero poco profundo, el tipo de río que en agosto se puede cruzar con las alforjas en alto sin mojarse los codos. Rucio bajó la cabeza hacia el agua con la dignidad resignada de quien sabe que el viaje continúa en el otro lado, y Rocinante bebió despacio, con el cuello extendido, los ojos semicerrados.
Alonso seguía callado.
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