La convocatoria llegó antes del amanecer, escrita en un papel doblado en cuartos que alguien había deslizado bajo la puerta principal de la casa Buendía durante la noche: *Ven antes de que el calor sea insoportable. Traigo una infusión para esa fiebre que no te has molestado en reportarme.* La letra era pequeña e inclinada hacia la izquierda, la letra de alguien que ha aprendido a escribir en espacios reducidos. No había firma porque no era necesaria.
Lucía lo leyó dos veces con el ceño fruncido porque no tenía ninguna fiebre, y luego lo leyó una tercera vez porque reconoció que eso no era exactamente cierto. El calor en su pecho había escalado desde que abrió las páginas de Melquíades, una temperatura que no registraba el termómetro de vidrio roto que colgaba en la cocina pero que ella sentía con la claridad con que se siente el primer sorbo de algo demasiado caliente: localizado, inequívoco, sostenido. Había dormido cuatro horas fragmentadas con las páginas extendidas sobre la mesa y los párrafos girando detrás de sus párpados como agua revuelta, y cuando despertó la sensación no había disminuido sino que se había instalado con la solidez de los objetos que no piden permiso para ocupar espacio.
Dobló el papel de Valentina y lo guardó en el bolsillo del delantal. Afuera, Macondo comenzaba a despertar con el chirrido familiar de las persianas de madera hinchada por la humedad de julio, y el ceibo de la plaza central proyectaba una sombra larga y precisa sobre el empedrado como la aguja de un reloj que hubiera decidido detenerse.
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