La nota de Rosalba Fuentes llegó esa misma tarde, doblada en cuatro con la precisión de alguien que ha pasado décadas corrigiendo la presentación de los trabajos escolares. El papel era blanco, casi ofensivamente blanco comparado con el amarillo viejísimo del lino que envolvía las páginas de Melquíades, y la letra tenía esa caligrafía vertical e irrefutable de las mujeres que han convertido la legibilidad en una forma de autoridad moral.
Estimada Lucía, decía. Tengo en mi posesión materiales genealógicos sobre la familia Buendía que podrían serle de utilidad en sus investigaciones actuales. Le ruego pase por la escuela esta tarde, si sus ocupaciones se lo permiten. Rosalba Fuentes, Maestra.
Lucía leyó la nota dos veces. La segunda vez prestó atención particular a la frase sus investigaciones actuales, que era demasiado precisa para ser casual, y a la palabra le ruego, que en la sintaxis de Rosalba equivalía a una orden vestida con ropa de cortesía. Dobló el papel por las mismas marcas que lo habían doblado antes y lo dejó junto al fajo de páginas de Melquíades sobre la mesa de la cocina, donde las dos cosas se miraron un momento con la incomodidad de los objetos que saben que pertenecen a conversaciones distintas pero irremediablemente conectadas.
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