El frío llegó primero a los pies.
Lucía lo notó cuando ya llevaba un rato sentada a la mesa de la cocina con el fajo de páginas extendido frente a ella y una taza de café que había dejado de humear hacía cosa de veinte minutos. Había algo extraño en ese frío porque Macondo en septiembre no se enfriaba: se espesaba, se volvía denso y pegajoso como melaza tibia, pero el frío genuino, el que sube por los huesos con intención, era una anomalía que la casa Buendía guardaba para sus propias ocasiones. Lucía levantó los pies del suelo y los cruzó bajo la silla. Siguió leyendo.
Luego el frío llegó a las manos.
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