Simón despertó antes del amanecer con la humedad del papel pegada a los dedos.
No había tocado el libro de contabilidad. Lo había dejado sobre la mesita con la misma deliberación con que se deja un objeto peligroso: a la vista, porque esconderlo sería admitir que tenía poder sobre él. Pero la humedad estaba ahí de todas maneras, como si el libro hubiera sudado durante la noche por cuenta propia, y cuando encendió la vela que Valentina había dejado en el alféizar, vio que la cubierta de cuero oscuro tenía una mancha más oscura aún en el centro, perfectamente circular, del tamaño exacto de una palma de mano.
Se vistió sin apresurar. Bebió el agua del jarro que Valentina reponía cada noche sin que él se lo pidiera. Luego se sentó en el borde de la cama y puso el libro sobre sus rodillas y lo abrió en la primera página.
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